‘Maniac’: la ambiciosa serie de Cary Fukunaga sobre los trastornos mentales

‘Maniac’ es, en sí misma, una serie sobre la terapia y los trastornos mentales. Una trama así se podría abordar de forma sencilla en un relato de superación y vivencias personales. Sin embargo, nos encontramos con una serie que mezcla el retro futurismo, la ciencia ficción, la fantasía y el humor negro, todo junto y perfectamente empastado. Y claro, descoloca.

La serie ha sido muy esperada durante todo el año en la plataforma por varias razones. En primer lugar, el director de esta peculiar serie es Cary Fukunaga, responsable de la maravillosa primera temporada de ‘True Detective’. En segundo lugar porque la protagonizan Emma Stone, a la cual conocimos en películas como ‘The Amazing Spiderman’ y ‘Criadas y Señoras’, y cuyo papel en ‘La La Land’ la ha convertido en la actriz de moda, y Jonah Hill, el eterno secundario de las películas de comedia (‘Infiltrados en clase’, ‘El Lobo de Wall Street’ ). Como curiosidad, los actores se conocieron en la película ‘Supersalidos’, justo antes de que comenzaran sus respectivas carreras.

En ‘Maniac’ interpretan a dos desconocidos que deciden participar en un peligroso estudio farmacéutico que promete acabar con cualquier tipo de sufrimiento humano a través de unas peligrosas pastillas. Annie (Emma Stone) es una chica con una profunda depresión que no puede superar la pérdida y que ya no tiene capacidad de conectar con nadie de su entorno. Owen, por su parte, es un paciente con esquizofrenia proveniente de una millonaria familia que se aprovechan de él y le extorsionan a través del chantaje emocional para que modifique su declaración a favor de su hermano, el cual está metido en un escándalo judicial. Sus caminos se cruzan en este estudio farmacéutico en el momento más bajo de su vida, cuando ya no tienen nada que perder.

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Uno de los puntos más atractivos de la serie, junto con los saltos temporales y los cambios de escenario, es el contexto en el que se desarrolla. Fukunaga sitúa la acción en una sociedad retrofuturista, que mezcla la estética ochentera con la tecnología más avanzada. Hay incluso elementos de la cultura social japonesa, como la posibilidad de contratar el servicio Amigos por encargo, donde previo pago de su importe, un desconocido se comporta como si fuera tu amigo, algo que recuerda a series como Black Mirror y su capítulo Hang the DJ. En este mundo todos están solos.

A medida que se sumergen en el efecto de las pastillas, su mente viaja a través de fantasías que no entienden, pero que guardan relación con sus problemas y traumas. Los personajes despertarán de pronto en universos paralelos donde tendrán que cumplir una misión, bajo identidades cambiantes que les convierten en espías, elfos o informadores del FBI. Capítulos desconcertantes e hilarantes, en los que el espectador se sentirá tan desubicado como los protagonistas, y que tendrá que discernir lo que es real y lo que no, en una narrativa propia que recuerda a películas como Origen. Y es aquí donde los actores despliegan todo su potencial interpretativo, con un Jonah Hill irreconocible por su papel serio y contenido y una Emma Stone que cambia de registros con una capacidad asombrosa, pasando de la comedia al drama sin bajar el nivel en ningún momento.

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El punto cómico e irreverente lo aportan el tándem formado por la doctora Azumi Fujita (Sonoya Mizuno) y el doctor James K. Mantleray (Justin Theroux), los cuales se tienen que enfrentar a numerosos problemas que se desatan durante el experimento.  La máquina de inteligencia artificial que conduce el experimento está profundamente deprimida, lo que recuerda a La Guía del autoestopista galáctico, una de las obras más importantes de la ciencia ficción humorística. Si bien el conflicto de la máquina que se rebela es un cliché ampliamente explotado, no es esta una rebelión a lo HAL de 2001: Odisea en el espacio, sino una premisa tan loca como interesante: la máquina, dotada de extraordinaria empatía, deberá superar sus traumas de la misma forma que el resto de personajes.

Y es todo ese crisol de temáticas el que actúa como obstáculo en la propia serie. ‘Maniac’ quiere ser tantas cosas que en ocasiones se pierde en la fantasía onírica y en la problemática tecnológica. Hay elementos que parecen más un capricho de Fukunaga y que no parecen tener una intencionalidad clara, además de que los viajes al subconsciente de los personajes pueden llegar a resultar poco creíbles. Sin embargo, la serie ha encontrado la forma de hacer un perfil de las enfermedades magnífico, alejado de toda romantización y desde una posición de neutral y de respeto. No cae en la autocompasión ni en el victimismo, ni tampoco dramatiza en exceso las vivencias de los protagonistas, evitando meterse en un charco embarazoso como hicieron series como ‘Por trece razones‘. El contrapunto lo pone su factura artística. La fotografía está verdaderamente conseguida, un elemento al que sin duda han puesto mucha atención los directores de la serie, pues su objetivo es sumergir al espectador en un ambiente determinado en función de la narración. Cabe destacar el uso de los colores para expresar estados de ánimo y transportar a escenarios, así como el diseño de producción magníficamente conseguido en todos los episodios. A nivel visual es una de las mejores de la plataforma.

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La de ‘Maniac’ parece una de esas licencias delicatessen que se permite Netflix de vez en cuando, y que por suerte son cada vez más frecuentes. Su amplio catálogo le ofrece la libertad de apostar por producciones más independientes, series de autor con un sello único que, si bien no tendrán el grueso de público que consiguen sus pesos pesados, aportan a la plataforma prestigio y el reconocimiento de la crítica. Es una serie que quizá no contente a todos los públicos ya que sus primeros capítulos dejan al espectador un poco descolocado, pero pese a lo arriesgado de la propuesta, es una serie que merece mucho la pena.

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